Salud mental infantojuvenil en la era digital
He participado en Santander en una jornada dedicada a los nuevos horizontes en salud mental infantojuvenil, centrada en un tema que ya no es periférico en la práctica clínica: el impacto del entorno digital en niños y adolescentes.
El programa abordó cuestiones esenciales desde una mirada interdisciplinar:
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Redes sociales, ansiedad y desesperanza en la adolescencia.
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Influencia del contexto sociocultural digital en los trastornos de conducta alimentaria.
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Interacción bidireccional entre TDAH y nuevas tecnologías.
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Adicciones comportamentales y estrategias de intervención en población infantojuvenil.
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Protección jurídica del menor y regulación del entorno digital.
La conclusión compartida fue clara: el entorno digital se ha convertido en un determinante de salud que influye en el desarrollo emocional, cognitivo y social.
No es solo tiempo de pantalla: es exposoma digital
En consulta ya no hablamos únicamente de “horas de uso”. Hablamos de un fenómeno más complejo:
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Edad de inicio cada vez más temprana.
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Vulnerabilidad neurobiológica propia del desarrollo.
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Exposición acumulada a contenidos altamente estimulantes.
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Diseño de plataformas orientado a maximizar la atención y la permanencia.
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Impacto en sueño, regulación emocional, imagen corporal y conducta.
El concepto de exposoma digital permite comprender que no todos los menores se ven afectados del mismo modo. La combinación de contexto, madurez cerebral, historia personal y tipo de uso determina el impacto.
Asumir que durante la infancia y la adolescencia puede ejercerse un “uso responsable” pleno ignora la realidad del neurodesarrollo. La corteza prefrontal, encargada del control de impulsos y la toma de decisiones, no alcanza su madurez hasta bien entrada la tercera década de la vida. En cambio, los sistemas de recompensa están especialmente activos en estas etapas.
Garantizar un internet seguro para niños y adolescentes
Garantizar un internet seguro no significa demonizar la tecnología ni promover alarmismo. Significa introducir criterios de protección proporcionales al riesgo.
Desde el ámbito sanitario y científico defendemos medidas basadas en evidencia:
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Diseño seguro por defecto en plataformas digitales.
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Sistemas eficaces y verificables de control de edad.
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Educación digital crítica integrada en el currículo escolar.
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Transparencia en los conflictos de interés con la industria tecnológica.
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Reconocimiento del impacto digital como posible problema de salud pública cuando proceda.
La protección del menor en internet no puede recaer exclusivamente en las familias. Es necesaria una responsabilidad compartida entre industria, reguladores, sistema educativo y sistema sanitario.
De la clínica a la acción colectiva
En los últimos años se ha producido una movilización social y profesional significativa en torno a la regulación del entorno digital. La evidencia científica ha avanzado, el debate público se ha ampliado y se han planteado propuestas concretas para fortalecer la protección de la infancia.
El desafío ahora no es describir el problema, que ya conocemos, sino traducir ese conocimiento en políticas públicas coherentes, implementables y evaluables.
Como profesionales de la salud mental infantojuvenil, nuestra responsabilidad no se limita a la consulta. También implica contribuir al debate público con una voz técnica, prudente y fundamentada.
El entorno digital forma parte de la vida de nuestros hijos y pacientes. Garantizar que ese entorno sea compatible con un desarrollo saludable es uno de los grandes retos sanitarios y sociales de nuestro tiempo.
Hay algo que me preocupa especialmente en consulta: cuando normalizamos el malestar digital como si fuera inevitable. Cuando asumimos que “es lo que toca” o que no hay margen de intervención. No todo sufrimiento adolescente tiene su origen en las pantallas, pero tampoco podemos ignorar que el entorno digital amplifica vulnerabilidades y condiciona experiencias clave del desarrollo. Como psiquiatra infantil, no puedo mirar hacia otro lado cuando veo patrones repetidos en ansiedad, insomnio, autolesiones o distorsión de la imagen corporal asociados a dinámicas digitales concretas. La prudencia no es alarmismo. Es responsabilidad social.

