Reflexiones tras mi participación en el XXXIV Curso Nacional de Actualización en Psiquiatría celebrado en Vitoria-Gasteiz hablando sobre pantallas y salud mental infantil.
Estos días he participado en el XXXIV Curso Nacional de Actualización en Psiquiatría celebrado en Vitoria-Gasteiz, un encuentro con una larga trayectoria dentro de la psiquiatría española donde cada año se revisan avances clínicos y se discuten algunos de los retos actuales de nuestra especialidad.
El programa de esta edición era amplio y diverso, con intervenciones sobre inteligencia artificial, nuevas estrategias terapéuticas y distintos desafíos que están transformando la práctica clínica. Además del contenido científico, estos encuentros tienen algo especialmente valioso: la posibilidad de conversar con colegas, escuchar perspectivas distintas y seguir pensando juntos hacia dónde se dirige la psiquiatría.
En la mesa redonda en la que participé, dedicada a infancia y adolescencia, abordé una cuestión que aparece cada vez con más frecuencia en consulta: el impacto del entorno digital en el neurodesarrollo y la salud mental.
Es un tema que genera preocupación social y también muchos mensajes simplificados. Sin embargo, cuando uno revisa la evidencia científica disponible, la realidad es más compleja.
Las pantallas no son un fenómeno neutro para el desarrollo, pero tampoco constituyen una explicación única de los problemas de salud mental en la infancia y la adolescencia.
En la primera infancia, cuando el cerebro está construyendo los circuitos fundamentales del lenguaje, la atención y la regulación emocional, el principal problema no suele ser la tecnología en sí misma, sino las experiencias que puede llegar a desplazar.
El desarrollo temprano depende de la interacción cara a cara, del juego compartido, del movimiento y del lenguaje entre cuidadores y niños. Cuando la exposición a pantallas ocupa el lugar de estas experiencias, es más probable observar dificultades en áreas como el lenguaje o la autorregulación.
En la adolescencia, el debate cambia de forma importante.
Las redes sociales funcionan como un espacio de interacción permanente donde se amplifican procesos propios de esta etapa del desarrollo: la comparación social, la necesidad de pertenencia y la sensibilidad a la aceptación o al rechazo.
Los sistemas de notificaciones y validación social (likes, seguidores, comentarios) operan además como refuerzos intermitentes, un mecanismo muy potente para mantener conductas repetitivas y que puede influir en los hábitos de atención y regulación emocional.
Aun así, en la práctica clínica vemos con frecuencia que las pantallas actúan más como amplificadores de vulnerabilidades previas que como causa única de los problemas.
Dificultades atencionales, problemas de sueño, malestar emocional o conflictos familiares pueden favorecer un uso más intenso del entorno digital, que a su vez puede contribuir a mantener o agravar esas dificultades.
Por eso, en consulta cada vez resulta menos útil preguntar únicamente cuántas horas de pantalla utiliza un niño o un adolescente.
Las preguntas realmente importantes suelen ser otras:
¿Qué lugar ocupa el entorno digital en su vida cotidiana?
¿A qué horas se utiliza?
¿Con qué impacto sobre el sueño, el ocio o las relaciones?
¿Está sustituyendo otras experiencias relevantes para el desarrollo?
Probablemente el reto no sea demonizar la tecnología, sino entender cómo se integra en el ecosistema de desarrollo de cada niño o adolescente.
La tecnología seguirá formando parte de sus vidas. La cuestión es si logramos preservar las condiciones que favorecen un desarrollo saludable: sueño suficiente, actividad física, relaciones sociales presenciales, juego y adultos capaces de acompañar también en el mundo digital.
En ese equilibrio, más que en prohibiciones aisladas o discursos alarmistas, es donde probablemente se jugará una parte importante de la prevención en salud mental en los próximos años.
En consulta vemos cada vez con más claridad que el entorno digital forma parte del contexto en el que crecen niños y adolescentes. Comprender ese contexto es hoy una parte esencial del trabajo clínico.
