El autismo en adultos es una realidad cada vez más presente en la consulta clínica. La semana pasada participé como ponente en el XIX Congreso Nacional de Psiquiatría Privada en Murcia, en una mesa redonda centrada en el trastorno del espectro autista (TEA) a lo largo del ciclo vital.
Fue un encuentro clínico, práctico y muy centrado en lo que vemos en consulta, pero también en lo que todavía no estamos sabiendo ver.
Mi intervención giró en torno a una idea sencilla pero importante: el TEA no es una foto fija, es un proceso.
Qué cambia, qué permanece… y qué aparece:
En consulta vemos algo que no siempre se explica bien. Hay aspectos nucleares que permanecen: una cognición social diferente, cierta rigidez cognitiva o un procesamiento sensorial particular. Hay cosas que cambian: la forma en que se expresa, las estrategias de compensación o las comorbilidades. Y hay algo clave en la práctica privada: lo que aparece tarde, el autismo adulto.
Porque en la privada no vemos tanto el autismo “leve”. Vemos el sufrimiento tardío. Personas que no fueron diagnosticadas en la infancia, que han sostenido años de adaptación, y que llegan en momentos de crisis: ansiedad, agotamiento, dificultades relacionales o laborales. No es que empeoren, es que no pueden más, literalmente.
Uno de los mensajes más importantes es que muchas veces el malestar no aparece porque el cuadro empeore, sino porque las demandas del entorno superan los recursos disponibles. Esto cambia la mirada clínica. No se trata solo de síntomas. Se trata de contexto, exigencia y desgaste acumulado.
Y esto es especialmente evidente en adolescencia y adultez, donde vemos más ansiedad, depresión o fatiga social que rasgos “clásicos”.
Las mujeres siguen sin estar:
Hubo algo que me llamó especialmente la atención durante el congreso. En mi mesa redonda éramos todas mujeres. Sin embargo, en el conjunto del programa, la mayoría de los ponentes eran hombres. No es un detalle menor y así lo comentamos algunas compañeras y amigas. Precisamente uno de los puntos clave de mi intervención fue el infradiagnóstico en niñas y mujeres, donde el camuflaje social, los sesgos de evaluación y la presentación clínica diferente hacen que muchas pasen desapercibidas durante años.
Es difícil no ver el paralelismo. Mujeres menos visibles en el diagnóstico. Mujeres menos visibles en los espacios de conocimiento. Y, sin embargo, con mucho que aportar en ambos.
De una conversación informal a una necesidad real
A raíz de esto, y de otras conversaciones durante el congreso, surgió algo que no estaba en el programa, pero sí en el ambiente: la necesidad de una red de mujeres psiquiatras.
No desde la confrontación, sino desde lo práctico.
Compartir experiencia clínica.
Apoyarnos profesionalmente.
Generar espacios de reflexión seguros.
Incorporar perspectiva de género con rigor, no como eslogan. Y también, por qué no, encontrarnos fuera de los congresos. A veces las cosas importantes no nacen en una mesa oficial, sino en un café entre sesiones.
Una idea que me llevo
Si tuviera que resumir mi intervención en el congreso en una frase sería esta: No hay un autismo infantil y un autismo adulto. Hay una persona atravesando distintas etapas. El aumento de consultas por autismo en adultos no es una moda, es una consecuencia de años de infradiagnóstico y de una mayor conciencia clínica. Entenderlo bien no solo mejora el diagnóstico, también cambia la forma en que acompañamos.
Y quizá podríamos añadir algo más.
No hay una única forma de ejercer la psiquiatría. Pero sí hay formas de hacerlo mejor: más conectadas, más conscientes y más completas.
Y ahora qué
Me llevo muchas ideas clínicas, pero también una sensación clara: hay conversaciones que ya no se pueden seguir dejando para después. Esta es una de ellas.



