Cuando los niños son las primeras víctimas

Cuando los niños son las primeras víctimas

Este verano me he tomado un descanso de redes y trabajo. Pero a veces, por más que intentes desconectar, es dificil mantener distancia con la actualidad. Gaza vuelve a ocupar titulares y con ellos nos llega la mirada de niños que viven un horror que marcará a varias generaciones. No es la primera vez que el mundo asiste a escenas así y que el sufrimiento ajeno perturba nuestra calma. Me alegra que no nos resulte indiferente. Pero lamentablemente seguirán llegando noticias terribles durante años si no aprendemos a proteger a la infancia. 

En la consulta y hace años en mi trabajo con las víctimas del 11M en Madrid, he visto cómo la violencia y el desarraigo dejan en la persona un daño invisible que se mantiene en el tiempo. Incluso cuando los niños logran alejarse físicamente del conflicto, el miedo, la pérdida y la sensación de inseguridad permanecen. Son marcas que afectan su desarrollo, su capacidad de confiar y relacionarse con los demás y de imaginar un futuro.

Hace muchos años me ofrecieron viajar a la franja para formar médicos en intervención en trauma. No fui. Mi hijo era muy pequeño y pensé en lo que pasaría si yo no volvía. Esa renuncia me recuerda que nuestras decisiones siempre están teñidas por nuestras circunstancias personales y que juzgar desde la distancia las decisiones de otras personas ante el horror es demasiado fácil.

No escribo estas líneas para alimentar debates políticos ni para señalar culpables. Sí para recordar que, más allá de nuestras opiniones personales, hay niños que necesitan cuidados, seguridad y un futuro posible. No todos podemos estar allí, pero todos podemos sostener en nuestra mirada la humanidad de esos niños y exigir que no se les condene a crecer entre ruinas. Porque, en cualquier guerra, ellos son siempre las primeras víctimas.

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