
Noviembre siempre llega cargado: congresos, aulas llenas, viajes, cambios de agenda y esa sensación de que todo se concentra en pocas semanas. Este año no ha sido diferente. Y aun así, entre ese ritmo exigente, he tenido la oportunidad, y la responsabilidad, de comenzarlo tras dedicar dos viernes completos a hablar de TDAH a lo largo de la vida, primero en Toledo y después en Ciudad Real.
Son charlas que obligan a frenar un momento, tomar aire y volver al origen: recordar por qué hacemos este trabajo. El TDAH no es solo un diagnóstico infantil; es un recorrido vital, con implicaciones en lo emocional, lo académico, la convivencia familiar y la identidad en la adultez. Poder compartir esa mirada ampliada con profesionales, docentes, familias y estudiantes es, en el fondo, una forma de hacer prevención y de construir comunidad.
En Toledo nos centramos en los desafíos evolutivos y en cómo el TDAH se transforma entre los 6 y los 18 años: lo que se ve, lo que se confunde, lo que pasa desapercibido y las oportunidades de intervención que aún no estamos aprovechando. En Ciudad Real, extendimos el foco hasta la adultez: trayectorias que se desajustan, riesgos que se pueden evitar, fortalezas que a veces nadie ha nombrado.
Volver a estas dos ciudades que forman parte de mi historia personal y profesional tuvo además un punto emocional: conversar, escuchar y comprobar cómo los equipos de salud mental, educación y atención primaria sostienen cada día a tantas personas, aunque no siempre se vea.
Terminé estos dos viernes cansada, sí, pero con la certeza de que estas conversaciones importan. Importan para reducir estigmas, para ajustar expectativas, para comprender matices y para humanizar un diagnóstico que a veces se queda en etiquetas rápidas.
En este noviembre intenso, estas jornadas han sido un aperitivo necesario para volver al eje de todo: acompañar a las personas a lo largo de su vida, con rigor, con empatía y con verdad.