Esta semana participé en el Congreso Nacional de Psiquiatría, en una mesa moderada por Luis Gutiérrez Rojas, junto a Miguel Álvarez de Mon y Carmen Moreno, centrada en un tema tan actual como necesario: el impacto de las redes sociales en la salud mental.
Mi intervención giró en torno a los usos de las redes en la divulgación de salud, un espacio que puede ser profundamente transformador si se utiliza con responsabilidad. Las redes permiten acercar el conocimiento, romper estigmas y ofrecer herramientas de prevención a un público que, a menudo, no llegaría a los espacios clínicos tradicionales.
Pero también nos obligan a hacernos preguntas incómodas:
¿Cómo mantener el rigor sin perder humanidad?
¿Dónde están los límites éticos de la exposición profesional?
¿Hasta qué punto el algoritmo condiciona lo que comunicamos y cómo lo comunicamos?
¿El autodiagnostico es válido?
Divulgar salud no es lo mismo que opinar sobre salud. Requiere cuidar las palabras, revisar fuentes y recordar que detrás de cada pantalla hay personas que sufren, que buscan respuestas o simplemente alguien que las escuche sin juicio.
Durante la mesa debatimos también sobre la responsabilidad de las plataformas y la necesidad de promover investigación independiente sobre su impacto psicológico, especialmente en los más jóvenes. No basta con señalar los riesgos: necesitamos evidencia sólida y políticas públicas que garanticen entornos digitales seguros.
Me quedo con la sensación de que estamos ante un nuevo escenario clínico y social, en el que los profesionales sanitarios debemos aprender a movernos con conciencia digital, manteniendo nuestra ética y vocación de acompañar.
Las redes son veloces, emocionales y a veces superficiales, pero también pueden convertirse en un espacio de cuidado y conexión si sabemos usarlas con equilibrio y propósito.